TRIBUNA INVITADA / ENRIQUE LLOBELL
● El autor afirma que la universidad crea más odontólogos de los que se precisan
● Pide que las autoridades regulen la formación de dentistas según las prioridades

UN TAXISTA me contó que, en realidad, era periodista. Se sinceró durante el trayecto de vuelta a
casa tras asistir al estreno del cortometraje de mi amiga Mar Gómiz —la cito porque también es periodista—.
En la charla salió a relucir mi amigo el basurero, aunque ahora ya no se llaman así.
Él es médico —doy fe porque fue compañero mío de carrera— y seguramente se habrá jubilado ya después de haber ganado más a lo largo de su vida como empleado de limpieza que como médico adjunto de un hospital de la Seguridad Social.

Muchos médicos de mi promoción jamás ejercieron la Medicina. Se llegó a los 32.000 parados. ¿Cuántos periodistas de los que han terminado recientemente o están estudiando en esas flamantes facultades privadas están destinados a ganarse la vida en otra profesión? ¿Y arquitectos?
Mejor no hablamos de los arquitectos, porque al parecer no va a trabajar ni uno. Los odontólogos tienen todo el día a su presidente dando la paliza con que son muchos, que no tienen trabajo y que se niegan a tener cinco facultades en Valencia.
La tasa de desempleo en los jóvenes españoles está por encima del 40% y el incremento del paro universitario en España supera con mucho el de otros países del entorno. Uno de los antídotos a estas alarmantes cifras es la formación. Los titulados universitarios encuentran empleo en menor tiempo que los que carecen de titulación.
Aunque, aun dando por hecho que la formación es una vacuna contra el desempleo, es necesario analizar su eficacia en la medida en que esté orientada a las necesidades del mercado laboral.
El paro aumenta entre los licenciados de muchas disciplinas, pero los mandamases de las facultades privadas lo resuelven rápido:
«Los formamos para que vayan al extranjero. No tengamos la desgracia de estropear una vocación».
Sin embargo, en cuanto dejó de haber empleo, las vocaciones de telecos cayeron, y en caída libre. Y lo del extranjero, menuda utopía. Allí te piden el idioma a la perfección y como no sabes donde puedes caer, debes conocer todos los idiomas y dialectos de cada país. Sin ir más lejos el otro día en un juzgado de Tarragona le dijeron a mi abogado que si era de fuera porque no conocía el idioma, cuando el pobre es asturiano.
Si en España y según la OCDE, la sobrecualificación de nuestros jóvenes se acerca al 40%, ¿qué sentido tiene generar un ejército de trabajadores sobrecualificados cuya formación no encuentre ningún reflejo en su productividad? Francamente ninguno, salvo el de las decisiones sujetas a criterios alejados del ámbito académico/formativo y, con posterioridad, laboral.
Sin embargo, llamas a un técnico porque te falla tal o cual cosa y tarda una eternidad porque tiene mucho trabajo. Da la sensación de que nos falla el escalón intermedio. A la próxima generación, quizás… En nuestro colectivo —el de los odontólogos— esta es una realidad instalada en más del 50% de los jóvenes titulados. ¿Cómo puede ser entonces que en la Universidad de Valencia haya 310 alumnos matriculados en Odontología, mientras que en el año 2010, en toda Italia se han admitido 700 nuevos odontólogos?
Actualmente contamos con un odontólogo por cada 1.750 habitantes en España, aunque las previsiones apuntan a uno por cada 1.200 habitantes en el año 2020, una cifra muy inferior a los 3.000 habitantes por cada odontólogo que recomienda la FDI—Federación Dental Internacional—.
Lo que nos devuelve a la cuestión inicial:
la formación, pues a pesar de que los universitarios tienen un nivel de desempleo inferior a la media, ¿qué sentido formar universitarios para enviarlos al paro o a trabajar al extranjero? Especialmente cuando se incluye la variable del coste, tanto económico como de tiempo.
Reitero. Por ello no tiene ningún sentido formar universitarios para luego mandarlos al extranjero. Máxime teniendo en cuenta los más de 35.000 euros que le cuesta al Estado la educación de un universitario, costes que en el caso de las universidades privadas no sólo resultan superiores sino que, además, son sufragados íntegramente por el alumno.
Las universidades sacan más alumnos que la sociedad necesita. Hay saturación de facultades de Odontología, más que de medicina: Facultad de Valencia, Cardenal Herrera CEU, Universidad Católica, Universidad Europea de Madrid. Y el único criterio que aplican es lograr negocio sin pensar que pueden saturar una profesión o malograr la vocación de las personas que verdaderamente pueden elevar el prestigio de la actividad.
Como colegio profesional, es nuestra obligación hacer ver a las autoridades la realidad actual y la necesidad de regular la formación universitaria acorde a las necesidades del país. En nuestro caso, lo expusimos en rueda de prensa: menos plazas universitarias para frenar el desempleo en la profesión. Un aviso para navegantes en toda regla.
Una falta de sentido común y cordura auspiciada por la Administración que, tarde o temprano, deberá tomar cartas en el asunto para que las fábricas de producir universitarios y profesionales en paro ajusten su oferta a la demanda real de la sociedad… Da la sensación de que nos falla el escalón intermedio y no se quiere crear. Para la próxima generación, quizás.
Ésta ya se ha perdido.

EL MUNDO – 10 julio 2011